viernes, 6 de septiembre de 2013

Memories of a phantom [fragmento]

Ilustración de Blanx Imaginaerum

Él se incorporó, notando como su respiración se estabilizaba poco a poco. Sus mejillas aun seguían húmedas por las numerosas lágrimas que habían formado su llanto, pese a que este habia finalizado unos minutos antes. Apenas podía creer que hubiera tenido aquel momento de debilidad, llorando cual niño perdido. Sin embargo, en su interior sentía una paz que hacía mucho tiempo que buscaba. Desahogarse era sin duda una de las cosas que más le tranquilizaban y reconfortaban.

Abriendo con suavidad los ojos, volvió a la cruda realidad que le había empujado a aquel trance de dolor y desesperación. Se encontraba en aquel ambiente oscuro y amarillento, provocado por la tenue luz de las velas que iluminaban la estancia. De rodillas sobre el suelo, junto a él, se encontraba aquella muchacha, que lo miraba con el gesto afligido y preocupado, espectante a una respuesta por su parte, a una explicación de su estado actual. Sí, parecía mentira que aquella fuera la única persona que se encontraba a su lado en aquel momento de bajeza que habría sufrido. Con todo su mundo, ardiendo, derruido, destruido. Blanche Lhereux, aquella joven que desde el primer momento que apareció en su vida fue un estorbo, ahora había consolado su llanto y había ofecido su hombro para que pudiera llorar en él.

Su mano se alargó involuntariamente hacia su mejilla, intentando borrar el resto de lágrimas que quedaba en las ojeras de la jovencita. Ella seguía esperando sus palabras, sin entender aquel gesto, cuando él no pudo hacer otra cosa sino sonreir de medio lado.

— ¿Por qué demonios sigues aquí, Blanche...? Hoy podría haber terminado tu condena, tu contrato conmigo. Podrías haberte marchado y hubieras seguido con tu vida, tal y como habías querido cuando llegaste aquí...

—No... —titubeó ella, notando la garganta seca, como si apenas pudiera pronunciar una palabra completa—. Yo no podía dejarte solo... No quería...

—Hubiera sido tan fácil hacerlo...

—Tú también podrías haberme dejado caer.

—Ya sabes porque sucedió aquello, Blanche —respondió secamente él, incorporandose temblorosamente y apartando la mirada.

—No me importa el por qué. Sé que lo hiciste.

Un amargor le recorrió entero cuando recordó la discusión que había acontecido sobre aquel tema. Su cara desencajada, viendo rota una de sus mayores ilusiones... Sería la última vez que engañaría a una cría, las consecuencias eran nefastas para lo que quedaba de su buena conciencia.

—De todas formas, ¿que vas a hacer ahora? —preguntó él, frotandose con la punta de los dedos la frente y las sienes, intentando desvanecer el dolor de cabeza.

—Yo... —murmuró ella. No tenía respuesta ante aquella pregunta. Y realmente él dudaba que quisiera irse en aquel momento.

Sin pronunciar palabra, él la tomó de la muñeca y la condujo hacia su dormitorio, sin saber exactamente porque estaba haciendo aquello. Una vez allí, se volvió hacia ella, sintiendo como el dolorido ardor de su pecho seguía latente en aquel momento.

—Sé cuanto menos que esto puede parecer una proposición inaceptable para una señorita como tú. Pero creo que tú y yo despreciamos las mismas normas de ese estricto protocolo al que nos vemos sometidos, sobre todo, si se refiere al contacto humano —él se detuvo antes de proseguir, porque notó como la chica temblaba como una hoja y sus mejillas se empezaban a tornar realmente encarnadas—. No, no te preocupes, mis intenciones no son indecentes. Sólo... necesito a alguien a mi lado esta noche. Nada más.

—¿Quieres... que duerma aquí? ¿En la guarida?

—Conmigo, para ser exactos.

—Es demasiado atrevido —ella apenas se atrevía a levantar la mirada.

—Y no te lo pediría si no fuera porque realmente lo necesito. Me has hecho mucho bien escuchandome en un momento tan horrible como este... No podría dejarte ir...

Blanche finalmente fijo su mirar en los ojos azules de Aaron, perdiendose en ellos. Deseaba con toda su alma que aquellas últimas palabras tuvieran el mismo sentido para ella que para él. Pero tristemente, sabía de sobra que él necesitaba a una persona a su lado... no a ella.

—Aun así... ¿pretendes que dormamos en la misma cama? ¿Cómo? No entiendo...

Él se alejó de ella para ir apagando una a una todas las pequeñas velas de su habitación, dejando tan solo una para poder guiarse en la profunda oscuridad. Después, como si ambos siguieran un elaborado plan, se tumbaron con timidez en la cama, algo turbiados ante aquella postura, aquel momento general.

Finalmente, ambos se giraron, él uno hacia el otro, mirandose. Blanche, como si del gesto de un inocente niño se tratara, se acercó a él y se acurrucó a su lado. Escucho una tenue risa, provocada por aquel comportamiento, y notó como él se colocaba —como probablemente hacía cada noche—, para dormir.

Ella se relajó al notar que eso era todo, que no tendría que hacer nada más que dormir a su lado, pero estar tan cerca de él hacía que su corazón latiera con fuerza y a toda velocidad, y apenas le dejaba escuchar sus propios pensamientos. Habían sucedido demasiadas cosas aquella noche: la huida final de Kristine y Raoul, la reacción de Aaron, aquel amargo momento en el que prácticamente había podido llegar hasta lo más hondo de su corazón... No podía dormir de la emoción, pero sobre todo, no podía dormir sabiendo que él estaba tan cerca de ella... y a la vez tan lejos.

Una tímida lágrima rodó por su mejilla, sabiendo que aquel último pensamiento la acababa de romper aún más. Al fin y al cabo, se había enamorado de una persona cuyo corazón pertenecería eternamente a otra mujer... Eso no hizo más que aumentar sus ganas de llorar, haciendo que empezara a gimotear y a sollozar.

—¿Blanche, estás bien? —susurró él, notando como se agitaba. De pronto, aquellos enclenques bracitos volvieron a rodearle la cintura, apretandole con fuerza contra ella y notando su camisa húmeda por las lágrimas que derramaba la muchacha—. Ya veo que no...

No sabía exactamente cual era el motivo de su llanto. Después de todo, Delacroix hacía semanas que no había aparecido por la Ópera, y solo le quedaba una posibilidad: una empatía demasiado fuerte con él. Que aquella criaja realmente se hubiera encariñado con él le parecía una absoluta locura, pero más extraño le parecía estar compartiendo su cama con ella en aquel momento. Aquella noche había perdido cualquier tipo de sentido comun.

En un vano intento de consuelo, la rodeó con cuidado, acariciando su pelo para intentar calmarla. Poco a poco, dejó de agitarse y temblar, así como de sollozar. Sin embargo, no se movió un solo ápice. ¿Se habría quedado dormida?

De cualquier manera, sonrío, incrédulo. ¿Tanta paz podía proporcionarle a aquella niñata como para dormirse abrazado a él? Él, el genio maldito de la Ópera, que causaba el terror sólo para satisfacer sus egoistas deseos. Que hacía y deshacía en la Ópera a costa de extorsionar, amenazar y lesionar a todo ser viviente que trabajaba allí. La pesadilla del teatro, y ahí estaba, con el alma desmembrada y sirviendo de almohada de una niña. Pero, dentro de toda la desesperanza que había asolado su interior, aún brillaba algo de calor. Ya que, al final, aquella noche tan terrible no la pasaría solo.

No, ya no estaba solo. 


martes, 13 de agosto de 2013

El salón de Lady Imaginaerum.

En una plaquita plateada, clavada con rudeza sobre la puerta de madera oscura, rezaba un nombre extravagante y extraño, 'Lady Imaginaerum'. Sacudiendo la cabeza, contrariado, llamó con los nudillos, sin saber que debía esperar al otro lado de la puerta.
Unos apresurados pasos precedieron a la apertura de la vivienda de Lady Imaginaerum, saliendo del marco de la puerta un vapor violáceo y perfumado en distintos olores que jamás había percibido antes. Un soporífero y somnoliento ambiente se abrió ante sí, descubriéndose una estancia tan peculiar como el nombre de su propietaria.
Era una habitación grande, aunque parecía más pequeña debido a la cantidad de muebles y decoración que ocultaban las paredes. Cortinas de terciopelo morado, lamparas, sillones con cojines de colores brillantes y aquel ambiente que mezclaba las flores secas, con el incienso y el olor a té recién hecho. Al alzar la mirada al techo, se veían como si de un cielo estrellado se tratara, millones de cristalitos colgados de diferentes colores. Los mismos que se utilizaban como recambios de lámparas de cristal, estaban flotando prácticamente sobre sus cabezas, brillando con un fulgor especial a la luz de las distintas velas que alumbraban pobremente la estancia.
Finalmente, sentada cerca de una chimenea de llamas azules, se encontraba Lady Imaginaerum. Era una mujer joven, sin poder decir su edad con exactitud. Largos cabellos negros y lisos enmarcaban su blanco rostro, salpicados de mechas azules y rosas, y pequeños colgantes de cuentas brillantes de cristal. Trencitas, lazos de seda y plumas terminaban su recogido, pero eso no era lo más extravagante, ni lo que mas llamaba la atención. 
Dos astas negras y pulidas salían de ambos lados de su cabeza, enroscadas, como la cornamenta de un musmón, un carnero. De ellas colgaban con gracilidad gemas y cristales, al igual que pequeñas plumas, como del resto de su pelo.
Un maquillaje negro, elaborado, que formaba dibujos tribales, resaltaba sus ojos claros, casi blancos, de un matiz azulado. En sus labios, se formaba una sonrisa afable, pícara, como si disfrutara al causar impacto a cualquiera de sus visitantes.
Bajando la mirada, los ojos se encontraban con un atuendo formado por sedas indias y gasas terminadas en brocados y cristales, de los colores predominantes de la sala. Un corsé de seda de damasco ceñía sus senos, dejando un bonito escote blanco a la vista. De sus brazos envueltos en gasas, colgaban pequeñas cadenas hechas de cuentas, finalizadas en lágrimas de cuarzo. Numerosas telas, algunas tornasoladas, otras con motivos entramados y artesanales todas ellas, se sujetaban con fuerza a sus anchas caderas, que descansaban en la butaca. Entre algunas de las gasas violetas y azules, se entreveían dos largas piernas, llenas de los mismos tatuajes tribales que maquillaban su rostro.
—¡Oh, una nueva visita! ¡Tome asiento, tome asiento! —ella le ofreció una butaca de terciopelo, gemela a la  que ella ocupaba—. ¿Algo de té? —ante la negativa del recién llegado, sonrió y volvió a tomar asiento—. No hace falta que me explique que hace aquí. Está claro. Viene a escuchar una de mis historias, una que le haga enternecer el corazón, que le asuste, que le haga reír, o que le haga llorar. Su alma tiene sed de aventuras que únicamente mis relatos y yo podemos saciar. Así que, preparese, porque aquí empieza mi magia.