Es muy duro, Kan... Ser un niño y crecer. Es duro y nadie te comprende.
El sigilo danzaba junto a su acompañante el silencio, cuando ella hizo acto de presencia en el rellano de la escalera.
Las llaves entraban torpe y estrepitosamente por la ya holgada y deforme cerradura de su puerta. Cuanto menos ruido intentaba evitar, mas producia.
Al entrar, la luz amarilla del vestibulo, encendida, evocando la luz de un faro en una noche oscura y costera, fue lo unico que la esperaba a aquella hora al llegar a casa. En el interior, reinaba la quietyd y el silencio.
Cerro la puerta tras si, algo extrañada. No era normal que su familia abrazara el sueño tan pronto. Sin embargo, no le quedaba mas remedio que avanzar por la negrura de la sala de estar, sorteando los brincos y mimos de su pequeño gato, hasta llegar a su habitacion.
Mientras se desvestia, somnolienta y cansada, sentia el malestar general que iba creciendo en ella. Notaba como la falta de una reprimenda por aparecer a aquellas horas, pesaba y dolia mas que cualquier bronca o castigo paterno.
Se tumbo en la cama, con una mueca en los labios. ¿Era aquello a lo que se referian con crecer? En parte, entendia que su madre no la reprimiera por llegar a la una de la mañana a casa, tenia ya una edad como para cuidar de si misma. Pero quizas, esa falta de proteccion desmedida era peor aun. Si madurar significaba dejar de preocuparle a sus progenitores, en ambos sentidos de la palabra, cada vez le resultaba menos atractiva la idea de convertirse plenamente en un adulto.
Limpio una rebelde y solitaria lagrima que habia escapado de su ojo izquierdo y cerro ambos, apretando los labios. Ahora no era el momento de lamentarse por lo inevitable. No, ya lo pensaria luego.
Mañana será otro día...
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viernes, 2 de mayo de 2014
domingo, 27 de abril de 2014
Fragmento 1. [Duareign Histoire]
La noche
parecía eternizarse cuando se la miraba atentamente. El ruido de los
coches en la lejana carretera se dispersaba y atenuaba a aquellas
alturas. El frescor de la brisa nocturna no era comparable con ningún
otro olor que pudiera flotar en la ciudad durante el día, era la
pureza de la oscuridad, y la frialdad de la noche. Era su momento
favorito del día, y no era de extrañar que se hubiera apodado Noite
por el mismo motivo.
Su
silueta, sentado en el tejado del edificio donde solía escaparse,
parecía fundirse con el terciopelo azul oscuro que conformaba el
cielo. Quizás solo era su melena rubia y rizada, que caía
grácilmente sobre su espalda, brillando a la tenue luz lunar, lo
único que le diferenciaba de una sombra oculta, de un adorno
formando parte de la arquitectura del edificio. Ya que, el resto de
su apariencia, lo formaban ropajes negros, dejando tan solo visible
sus manos de largas y afiladas uñas y su rostro, ambos de piel
cetrina y pálida.
Le
gustaba escaparse a aquel lugar cuando todo lo demás le superaba.
Demasiadas presiones, demasiadas obligaciones, demasiado todo. El ser
un heredero de una fastuosa y rica familia no le traía más que
problemas, en vez de verdaderos privilegios, como cualquiera se
podría imaginar. No... solo terminaban quemándole por dentro y
haciéndole huir a la azotea cual gárgola.
Se
reclinó, tumbándose completamente en el suelo de la azotea,
observando una por una las diminutas y brillantes estrellas del
firmamento. Cuan despreocupadas y eternas se podían observar desde
aquel lugar, mientras mil y un pensamientos atosigaban la cabeza
rubia del vampiro.
Todos
esperaban demasiado de él. Creían que él le devolvería el honor
perdido, la fama y la fortuna a su apellido. Que los Duareign
volverían a recobrar todo su esplendor y su brillo. Pero el sabía
que sería muy difícil; vivían en otra época distinta al siglo
dorado donde llegaron a gobernar prácticamente el mundo. Ahora
tenían suerte de no estar extinguidos como el resto de familias
nobles vampiras.
El
ruido de la puerta de la azotea rompió el pacífico silencio que se
había formado una vez los coches habían cesado su continuo ajetreo
por la calle más cercana a la manzana. Noite no levantó la cabeza,
sabía a la perfección de quién se trataba a aquellas horas.
Sencillamente, torció sus labios a una sonrisa de medio lado y cerró
los ojos, esperando a que la áspera voz del visitante le hablara en
aquel escenario estrellado.
domingo, 23 de marzo de 2014
Muere para volver a la vida. I/??
No podía
despegar los ojos del objeto. Por más que lo intentara, sus pupilas volvían a
clavarse en el mismo, sintiendo como los temblores recorrían y sacudían todo su
cuerpo.
Acompañada
de la profunda noche, hora en la que los relojes marcan puntuales las tres de
la mañana, con el suelo alfombrado de bolsas llenas de ropa, telas y juguetes
viejos y rotos, como si el armario no hubiera podido contener más todos
aquellos recuerdos infantiles y los hubiera escupido por sus puertas dobles,
esparciéndolos por doquier. Y, en el medio, ella, de rodillas en el suelo, con
el rostro iluminado por el resplandor verdoso que emanaba aquello.
Recordaba el
contenido de cada una de aquellas bolsas de plástico. Y también recordaba que
no había metido semejante cosa entre sus pertenencias. Era despistada, pero no
tanto.
Apenas había pasado una hora desde que, habiendo abrazado su almohada y caído en un placentero y cálido sueño, una serie de golpes, regulares e incesantes, en el fondo de su enorme armario, la habían despertado, nublando su mente de terror y horribles posibilidades. Era una miedica. Desde que era pequeña, había tenido pavor a las historias de fenómenos sobrenaturales. En especial, las que tenían que ver con espectros, fantasmas y el más allá. Por otra parte, adoraba las teorías de los multiversos y la fantasía, pero le aterraba el pensar que estaba a merced de algo desconocido e intangible.
Y tras vaciar por completo la parte baja de su armario, había divisado malamente un resplandor de color verde intenso. No supo como reaccionar. Lo menos sensato sería alargar la mano para sacar lo que fuera aquello. Pero era lo único que se le ocurrió.
Y ahí estaba. Sosteniéndolo. Con la cara desencajada y la mente a punto de estallar, llena de ideas sobre qué hacer con aquello, cada una más estúpida y atroz que la anterior.
Se trataba de una fina daga. Su empuñadura parecía estar hecha de esmeralda centelleante, como si algo la iluminara desde su interior. El filo era de un metal negro y cuidadosamente pulido, tanto, que podía ver su rostro reflejado y verdoso en el mismo. ¿Cómo demonios había llegado hasta su armario dicho arma? Su madre jamás la dejó tener ni siquiera una de decoración, ni le compraba armas de juguete cuando era pequeña; era imposible que alguien la hubiera puesto ahí. Y nadie había entrado a su habitación el tiempo suficiente como para revolver todo su armario para dejar aquello. No, era imposible. Pero, entonces, ¿cómo?
Giraba la pieza con los dedos húmedos y fríos por el miedo. Buscaba instintivamente algo que le diera una pista acerca del paradero, del origen de dicho instrumento. Pero era en vano, tan solo era una hermosa arma, como recién salido de un tesoro enterrado.
Quizá todo aquello era un simple sueño. Un turbio sueño que su imaginación había producido después de una copiosa cena. No volvería a cenar tan fuerte. Sí, era un sueño. Nada más parecía poder explicarlo. Nada, hasta que el sudor de sus dedos, el temblor de su cuerpo, y su casi mecánico giro constante de la daga hizo que resbalara entre sus dedos, abriendo una pequeña herida en ellos.
Intentó no aullar de dolor, sabiendo que era la prueba perfecta de que se trataba de la misma realidad. La sangre formó delicadas y diminutas gotas de sangre, que resbalaron por la hoja, haciendo que esta revelase un oculto mensaje inscrito en el oscuro metal.
Imbuidas de la misma luz verde que la empuñadura, comenzaron a aparecer pequeñas letras en la superficie. Ella siguió la escritura con los ojos, enlazando las letras hasta formar una frase en su cabeza: ‘Muere para volver a la vida’.
Aquella fúnebre y tenebrosa frase la hizo echarse hacia atrás, quedando sentada en el suelo, frente a la daga que se clavaba firmemente en el suelo de su habitación, esperando a un movimiento de la joven. La respiración aceleró en su cuerpo, comprobando como solo la empuñadura iluminaba su cuarto. Al parecer, su flexo se había apagado en el peor momento. Sólo podía leer algo en la oscuridad de la madrugada, y eran aquellas letras formando aquella frase.
No sabía si era producto de su imaginación o que la frase había empezado a hacer efecto en su maltrecha cordura, pero cada vez le estaba costando más respirar y mantener el aliento. Le dolían los pulmones, como si algo los estuviera oprimiendo con fuerza y ahogándola de la manera más horrible que pudiera imaginar. Abrió la boca para intentar respirar más aire, pero era inútil. Se estaba ahogando, y no podía apartar la mirada de las centelleantes letras. ‘m u e r e’ se grababa en sus ojos una y otra vez, en cada fallida bocanada que intentaba dar para prolongar su vida, mientras su cerebro daba vueltas a todas las posibilidades que le quedaban. ‘v o l v e r a l a v i d a’ parecía resplandecer de la misma manera, pero en su mente. Como si perdición y salvación caminaran juntas de la mano.
Cuando el dolor del pecho era tan insoportable como para gritar de dolor, atrapó la empuñadura de la daga, firmemente, sintiendo que era la única posibilidad que le estaba dejando el destino ante aquella situación. La posó en el centro de su pecho. Si no se atravesaba el corazón, al menos la produciría el suficiente dolor como para desmayarse y dejar de sentir. Era un mal momento para preguntarse lo terrible que sería provocarse su propia muerte, sentía que si no era ella quien acabara con su dolor, sería su propio organismo, falto de aire, violáceo, amoratado, ahogado.
Cerró los ojos, empujando con ambas manos cernidas sobre la empuñadura esmeralda la daga contra su pecho.
¿Y ahora qué?
No sabía que sentiría. Si el punzante dolor de la daga atravesando su fina piel y hundiéndose hasta chocar contra su hueso. Si las lágrimas brotando de sus ojos y derramándose por sus mejillas. Si el resplandor dañándole los ojos cerrados debido a que había aumentado considerablemente en intensidad.
No.
Lo que sintió, y escuchó, fue un ‘crack’. Un crujido como el de la porcelana crujiendo al someterse a una fuerte presión. No sintió el dolor, sino el crujido. Como si su cuerpo estuviera hecho de cerámica y estuviera quebrándose bajo la punta de la daga. Al no existir dolor, perdió completamente la delicadeza, y la empuñadura esmeralda rozó la tela de su camiseta de pijama. No había sangre. No.
Abrió los ojos, comprobando como la empuñadura empezaba a brillar, mientras su herida se hacía más y más grande hasta quebrarla en más grietas, de las que emanaba la misma luz.
Pero la luz no era verde, si no blanca.
El resplandor se intensificó hasta bañar toda la habitación de luz neutra. Era cegadora para sus ojos, que se habían acostumbrado en aquellos instantes a la oscuridad. Tan fuerte, que apenas podía mantener los ojos abiertos, y aunque los cerrase, seguía viéndola. Aquella luz empezó a provocarle un terrible dolor de cabeza, tan fuerte e intenso, que terminó desmayándola. Sólo había un pensamiento en la cabeza.
‘Muere para
volver a la vida’.
viernes, 6 de septiembre de 2013
Memories of a phantom [fragmento]
![]() |
| Ilustración de Blanx Imaginaerum |
Él se incorporó,
notando como su respiración se estabilizaba poco a poco. Sus mejillas aun
seguían húmedas por las numerosas lágrimas que habían formado su llanto, pese a
que este habia finalizado unos minutos antes. Apenas podía creer que hubiera
tenido aquel momento de debilidad, llorando cual niño perdido. Sin embargo, en
su interior sentía una paz que hacía mucho tiempo que buscaba. Desahogarse era
sin duda una de las cosas que más le tranquilizaban y reconfortaban.
Abriendo con
suavidad los ojos, volvió a la cruda realidad que le había empujado a aquel
trance de dolor y desesperación. Se encontraba en aquel ambiente oscuro y
amarillento, provocado por la tenue luz de las velas que iluminaban la
estancia. De rodillas sobre el suelo, junto a él, se encontraba aquella
muchacha, que lo miraba con el gesto afligido y preocupado, espectante a una
respuesta por su parte, a una explicación de su estado actual. Sí, parecía
mentira que aquella fuera la única persona que se encontraba a su lado en aquel
momento de bajeza que habría sufrido. Con todo su mundo, ardiendo, derruido,
destruido. Blanche Lhereux, aquella joven que desde el primer momento que
apareció en su vida fue un estorbo, ahora había consolado su llanto y había
ofecido su hombro para que pudiera llorar en él.
Su mano se alargó
involuntariamente hacia su mejilla, intentando borrar el resto de lágrimas que
quedaba en las ojeras de la jovencita. Ella seguía esperando sus palabras, sin
entender aquel gesto, cuando él no pudo hacer otra cosa sino sonreir de medio
lado.
— ¿Por qué
demonios sigues aquí, Blanche...? Hoy podría haber terminado tu condena, tu
contrato conmigo. Podrías haberte marchado y hubieras seguido con tu vida, tal
y como habías querido cuando llegaste aquí...
—No... —titubeó
ella, notando la garganta seca, como si apenas pudiera pronunciar una palabra
completa—. Yo no podía dejarte solo... No quería...
—Hubiera sido tan
fácil hacerlo...
—Tú también
podrías haberme dejado caer.
—Ya sabes porque
sucedió aquello, Blanche —respondió secamente él, incorporandose temblorosamente
y apartando la mirada.
—No me importa el
por qué. Sé que lo hiciste.
Un amargor le
recorrió entero cuando recordó la discusión que había acontecido sobre aquel
tema. Su cara desencajada, viendo rota una de sus mayores ilusiones... Sería la
última vez que engañaría a una cría, las consecuencias eran nefastas para lo
que quedaba de su buena conciencia.
—De todas formas,
¿que vas a hacer ahora? —preguntó él, frotandose con la punta de los dedos la
frente y las sienes, intentando desvanecer el dolor de cabeza.
—Yo... —murmuró
ella. No tenía respuesta ante aquella pregunta. Y realmente él dudaba que quisiera irse en aquel momento.
Sin pronunciar
palabra, él la tomó de la muñeca y la condujo hacia su dormitorio, sin saber
exactamente porque estaba haciendo aquello. Una vez allí, se volvió hacia ella,
sintiendo como el dolorido ardor de su pecho seguía latente en aquel momento.
—Sé cuanto menos
que esto puede parecer una proposición inaceptable para una señorita como tú.
Pero creo que tú y yo despreciamos las mismas normas de ese estricto protocolo
al que nos vemos sometidos, sobre todo, si se refiere al contacto humano —él se
detuvo antes de proseguir, porque notó como la chica temblaba como una hoja y
sus mejillas se empezaban a tornar realmente encarnadas—. No, no te preocupes,
mis intenciones no son indecentes. Sólo... necesito a alguien a mi lado esta
noche. Nada más.
—¿Quieres... que
duerma aquí? ¿En la guarida?
—Conmigo, para
ser exactos.
—Es demasiado
atrevido —ella apenas se atrevía a levantar la mirada.
—Y no te lo
pediría si no fuera porque realmente lo necesito. Me has hecho mucho bien
escuchandome en un momento tan horrible como este... No podría dejarte ir...
Blanche
finalmente fijo su mirar en los ojos azules de Aaron, perdiendose en ellos.
Deseaba con toda su alma que aquellas últimas palabras tuvieran el mismo
sentido para ella que para él. Pero tristemente, sabía de sobra que él
necesitaba a una persona a su lado... no a ella.
—Aun así...
¿pretendes que dormamos en la misma cama? ¿Cómo? No entiendo...
Él se alejó de
ella para ir apagando una a una todas las pequeñas velas de su habitación,
dejando tan solo una para poder guiarse en la profunda oscuridad. Después, como
si ambos siguieran un elaborado plan, se tumbaron con timidez en la cama, algo
turbiados ante aquella postura, aquel momento general.
Finalmente, ambos
se giraron, él uno hacia el otro, mirandose. Blanche, como si del gesto de un
inocente niño se tratara, se acercó a él y se acurrucó a su lado. Escucho una
tenue risa, provocada por aquel comportamiento, y notó como él se colocaba
—como probablemente hacía cada noche—, para dormir.
Ella se relajó al
notar que eso era todo, que no tendría que hacer nada más que dormir a su lado,
pero estar tan cerca de él hacía que su corazón latiera con fuerza y a toda
velocidad, y apenas le dejaba escuchar sus propios pensamientos. Habían sucedido
demasiadas cosas aquella noche: la huida final de Kristine y Raoul, la reacción
de Aaron, aquel amargo momento en el que prácticamente había podido llegar
hasta lo más hondo de su corazón... No podía dormir de la emoción, pero sobre
todo, no podía dormir sabiendo que él estaba tan cerca de ella... y a la vez tan lejos.
Una tímida
lágrima rodó por su mejilla, sabiendo que aquel último pensamiento la acababa
de romper aún más. Al fin y al cabo, se había enamorado de una persona cuyo
corazón pertenecería eternamente a otra mujer... Eso no hizo más que aumentar
sus ganas de llorar, haciendo que empezara a gimotear y a sollozar.
—¿Blanche, estás
bien? —susurró él, notando como se agitaba. De pronto, aquellos enclenques
bracitos volvieron a rodearle la cintura, apretandole con fuerza contra ella y
notando su camisa húmeda por las lágrimas que derramaba la muchacha—. Ya veo
que no...
No sabía
exactamente cual era el motivo de su llanto. Después de todo, Delacroix hacía
semanas que no había aparecido por la Ópera, y solo le quedaba una posibilidad:
una empatía demasiado fuerte con él. Que aquella criaja realmente se hubiera encariñado con él le parecía una absoluta
locura, pero más extraño le parecía estar compartiendo su cama con ella en
aquel momento. Aquella noche había perdido cualquier tipo de sentido comun.
En un vano
intento de consuelo, la rodeó con cuidado, acariciando su pelo para intentar
calmarla. Poco a poco, dejó de agitarse y temblar, así como de sollozar. Sin
embargo, no se movió un solo ápice. ¿Se habría quedado dormida?
De cualquier
manera, sonrío, incrédulo. ¿Tanta paz podía proporcionarle a aquella niñata
como para dormirse abrazado a él? Él, el genio maldito de la Ópera, que causaba
el terror sólo para satisfacer sus egoistas deseos. Que hacía y deshacía en la
Ópera a costa de extorsionar, amenazar y lesionar a todo ser viviente que
trabajaba allí. La pesadilla del teatro, y ahí estaba, con el alma desmembrada
y sirviendo de almohada de una niña. Pero, dentro de toda la desesperanza que
había asolado su interior, aún brillaba algo de calor. Ya que, al final,
aquella noche tan terrible no la pasaría solo.
No, ya no estaba solo.
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