martes, 13 de agosto de 2013

El salón de Lady Imaginaerum.

En una plaquita plateada, clavada con rudeza sobre la puerta de madera oscura, rezaba un nombre extravagante y extraño, 'Lady Imaginaerum'. Sacudiendo la cabeza, contrariado, llamó con los nudillos, sin saber que debía esperar al otro lado de la puerta.
Unos apresurados pasos precedieron a la apertura de la vivienda de Lady Imaginaerum, saliendo del marco de la puerta un vapor violáceo y perfumado en distintos olores que jamás había percibido antes. Un soporífero y somnoliento ambiente se abrió ante sí, descubriéndose una estancia tan peculiar como el nombre de su propietaria.
Era una habitación grande, aunque parecía más pequeña debido a la cantidad de muebles y decoración que ocultaban las paredes. Cortinas de terciopelo morado, lamparas, sillones con cojines de colores brillantes y aquel ambiente que mezclaba las flores secas, con el incienso y el olor a té recién hecho. Al alzar la mirada al techo, se veían como si de un cielo estrellado se tratara, millones de cristalitos colgados de diferentes colores. Los mismos que se utilizaban como recambios de lámparas de cristal, estaban flotando prácticamente sobre sus cabezas, brillando con un fulgor especial a la luz de las distintas velas que alumbraban pobremente la estancia.
Finalmente, sentada cerca de una chimenea de llamas azules, se encontraba Lady Imaginaerum. Era una mujer joven, sin poder decir su edad con exactitud. Largos cabellos negros y lisos enmarcaban su blanco rostro, salpicados de mechas azules y rosas, y pequeños colgantes de cuentas brillantes de cristal. Trencitas, lazos de seda y plumas terminaban su recogido, pero eso no era lo más extravagante, ni lo que mas llamaba la atención. 
Dos astas negras y pulidas salían de ambos lados de su cabeza, enroscadas, como la cornamenta de un musmón, un carnero. De ellas colgaban con gracilidad gemas y cristales, al igual que pequeñas plumas, como del resto de su pelo.
Un maquillaje negro, elaborado, que formaba dibujos tribales, resaltaba sus ojos claros, casi blancos, de un matiz azulado. En sus labios, se formaba una sonrisa afable, pícara, como si disfrutara al causar impacto a cualquiera de sus visitantes.
Bajando la mirada, los ojos se encontraban con un atuendo formado por sedas indias y gasas terminadas en brocados y cristales, de los colores predominantes de la sala. Un corsé de seda de damasco ceñía sus senos, dejando un bonito escote blanco a la vista. De sus brazos envueltos en gasas, colgaban pequeñas cadenas hechas de cuentas, finalizadas en lágrimas de cuarzo. Numerosas telas, algunas tornasoladas, otras con motivos entramados y artesanales todas ellas, se sujetaban con fuerza a sus anchas caderas, que descansaban en la butaca. Entre algunas de las gasas violetas y azules, se entreveían dos largas piernas, llenas de los mismos tatuajes tribales que maquillaban su rostro.
—¡Oh, una nueva visita! ¡Tome asiento, tome asiento! —ella le ofreció una butaca de terciopelo, gemela a la  que ella ocupaba—. ¿Algo de té? —ante la negativa del recién llegado, sonrió y volvió a tomar asiento—. No hace falta que me explique que hace aquí. Está claro. Viene a escuchar una de mis historias, una que le haga enternecer el corazón, que le asuste, que le haga reír, o que le haga llorar. Su alma tiene sed de aventuras que únicamente mis relatos y yo podemos saciar. Así que, preparese, porque aquí empieza mi magia.

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